El día de muertos está ahí, no solo en y por el tiempo, también en el espacio. Es una
tradición abierta y generosa que ha ido incidiendo en la historia por generaciones.
No solo y particularmente en cada momento crítico para la población en general,
sino también en los años y en los días difíciles de cada familia, de cada persona. Una
celebración que tiene como principal vocación acompañar nuestros duelos.
Y con ellos ha sido presente en la Conquista y sus epidemias más fatídicas, en la
Revolución y sus innumerables decesos, después de las catástrofes naturales y
desapariciones, y para acompañar a cada víctima de la violencia.
El espacio público es de los vivos pero también de los que se han ido. La
celebración del día de muertos es en primer lugar familiar y doméstica. Pero es
pública porque atiende a una ritualidad colectiva, porque tiene la capacidad de
visibilizar la memoria de los que se van con familiares, vecinos, visitantes. Las casas
se abren, los caminos de pétalos marcan el sendero para visitar a los deudos y a los
que visitan de regreso ese día. Cada casa recibe con una meta arquitectura de la
propia casa que se deconstruye y se convierte en un gran homenaje al personaje que
hay que recordar: imágenes, viandas, bebidas, luces, flores, papeles picados,
faroles, juguetes, objetos y panes que se producen especialmente cada año y que
desde la Colonia eran objeto de intercambio social a todos los niveles en los
mercados públicos de toda la sociedad hasta el día de hoy. Es uno de los eventos
donde la convivialidad atraviesa todos los estratos sociales.
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