Entre torbellinos y peldaños
Un altar que habla a partir de ciclos, de la no linealidad del tiempo, de la circularidad de las etapas y procesos que definen la vida y la muerte.
Ciclos que en nuestras tradiciones tienen la capacidad lúdica de acompañar duelos privados y colectivos, íntimos e históricos, para celebrarse regularmente con todos los colores encendidos, con celosías de papel que se mueven y resuenan con el viento, con los ingredientes y recetas más memorables de nuestras familias.
Ciclos que se celebran con toda la sensualidad involucrada, con todos los sentidos llamados para el gran festín anual. El que nos permite jugar periódicamente a que el umbral no existe y hacer como si la tierra puede emerger paso a paso por medio de peldaños arreglados cuidadosamente con viandas y bebidas, con el “más allá” entrando en este juego descendiendo gloriosamente en círculos concéntricos de papel picado hasta el centro de la ofrenda.
El altar de muertos comprende el todo y la nada de la vida y de la muerte. La montaña de la vida que sube y que baja por una puerta que solo una cultura tan resiliente puede abrir. Y por ahí montar ciclos interminables, de formas, tamaños e ingredientes: los recuerdos, sabores, perfumes, flores y todos los objetos que nos completan como seres memoriosos, seres que gracias a este particular dispositivo cultural logramos acompañar nuestros duelos.
Sin duda alguna, el Día de Muertos es en México y en el mundo uno de los ritos más sabios en cuanto al acompañamiento de duelos y la conciencia acerca de la memoria como parte del tejido social y personal, como fundamento de nuestra identidad.
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